La espera - Moebius Exists

La espera

Me he desvelado cuando el sol apenas apuntaba aún sobre las pálidas colinas del horizonte. Madrugo con el día para seguir a la espera, mientras el astro se alza con infinita indiferencia sobre el mundo. El frío del alba me arropa con un manto invisible, gotas de rocío tiemblan sobre el escudo, mi lanza vigila, apoyada contra una defensa de adobe. No vendrán, como no lo hicieron ayer, pero seguiremos encerrados entre estos muros, por si acaso aparecen, levantando una nube ocre de polvo, terror y esperanza. A veces, como si se tratase de un juego de la infancia, urdo en mi imaginación el instante preciso, único, en que caeré abatido bajo sus armas; imagino, impaciente, el fin de esta espera, cuando, con ojos desleídos, velados ya por la muerte, me sea dado ver con última luz la coherencia de esta historia, que ahora me rehuye. Pues he oído decir a los veteranos, que sólo en ese momento se alcanza la comprensión y se revive a la inversa la suma de los instantes, hasta el tiempo feliz de la infancia, donde todo se disipa.

El cuerpo tarda en entrar en calor; más tarde, sentiré envidia de la noche, cuando me ardan las entrañas y me consuma la fiebre. Avanzo unos pasos por el borde de la muralla, para ayudar a la naturaleza y sus humores. Aunque tirito, sé que este estado será pasajero. Abajo, en el recinto, las caballerizas empiezan a despertar, aunque muchos caballos han muerto y se hallan casi vacías. El eco de sus cascos llega hasta mis oídos, como el redoble del tambor que anunciará al enemigo. Pero el páramo sigue desierto: ni una sombra, ni el más leve signo de vida entre los matorrales, ni la huella humeante de un campamento prendida del horizonte. A pesar de esta calma aparente, hay en el cielo indicios que advierten la inminencia de la catástrofe. Hace tan sólo unos días, vimos caer una estrella, con su larga cabellera quebrada en llamas. La luna ha desaparecido, y el eco nos trae la risa helada de los chacales, como rechinar de dientes. Se respira la sangre y el aluvión de dolor que caerá sobre nosotros; lo percibo, y también parecen sentirlo los rebaños que apacientan nuestros pastores en el foso de la fortaleza, lejos de las barrancas escarpadas donde crecen salvajes la alheña y el lirio, donde en otro tiempo sestearon felices las bestias. Están nerviosos los machos, las hembras arracimadas. La incertidumbre y el desasosiego se mezclan en el aire que respiramos, con hedor mefítico. En toda la fortaleza no hay un solo rincón donde permanecer a resguardo de esta tensa calma, de esta inquietud que nos emborracha.

Aquí, sobre las almenas, tiene su frontera el mundo; en su interior viven los hombres carne contra carne, y los niños crecen hasta perder el último vahído de su inocencia, mientras descargamos la espera con conversaciones inútiles. Pero nuestros sentidos permanecen alerta, escrutando cuanto sucede más allá de las viejas murallas. Y allí afuera, el tiempo transcurre con tan agobiante morosidad, que se diría inexistente. Acodado contra la piedra que me sirve de parapeto, contemplo este paisaje lánguido y monótono. Ni una voz: un silencio sin respuestas, inefable. Sé que será ahí abajo, a la sombra de estas torres, donde tropezaré con el destino, en forma de venablo. De algún modo, oscuramente, adivino lo mucho que ese destino se asemeja al de los demás. Sin embargo, aún no nos rinde la hambruna y saciamos la sed con el agua caída en nuestras pozas durante las últimas semanas de este invierno. Las bodegas están llenas, los odres de vino, ebrios de satisfacción, cuelgan repletos de las vigas del sótano; el grano desborda los silos y en las despensas no falta carne salada. No será el hambre lo que nos obligue a rendirnos, aunque nos rendiremos a pesar suyo, lo sé, cuando contemplemos las aceradas facciones de la desesperación grabadas en esta atonía inabarcable. Tan inabarcable, acaso, como el paisaje desértico que ciñe nuestra mirada del mundo.

La espera es larga; este tiempo demorado favorece extrañas fantasías, imágenes de un más allá que al menos sacie los deseos de este prolongado hastío: otras ciudades, otros hombres, bailes, risas y despreocupación mundana. A veces, mientras contemplo el horizonte exhausto del desierto, vuelvo la mirada hacia mis recuerdos, los días de infancia, desperdigados y redondos como cantos pulidos. No parece mío aquel tiempo porque tampoco soy yo el niño que cruza mi memoria, solitario y sin embargo despreocupado, un mundo él mismo en su propia soledad. De los míos apenas resta en mí algún gesto, como la sombra de un animal agazapado en la oscuridad. Llevo conmigo su sangre, pero sus vidas, sus recuerdos, se fueron tras ellos a las tumbas. Ni siquiera sé decir de mi padre si amó, si sintió una desesperanza tan completa o si hubo de pasar sobre estas murallas las mismas inquietudes que a mí me flagelan ahora. De niño no hay mundo; de mayor, el mundo se torna demasiado estrecho para no desesperar. Y, entre tanto, sólo el afán, incansable, infatigable, nunca satisfecho. ¿Qué habrá tras las montañas; cómo serán aquellas ciudades, el mar lejano y agitado, los vastos bosques, los días de lluvia eterna, el mundo? No hay consuelo para los desesperados; sólo la lenta angustia de seguir así, aguardando, sintiendo cómo se desliza el repugnante gusano de la espera, sin llegar a pasar nunca, sin término.

No soy el único guardián, lo sé; pero ignoro lo que guardo. El mundo está ahí abajo, me dicen los demás, cuando ven asomar en el fondo de mis ojos la impaciencia, mientras me señalan el patio de armas, las puertas de palacio, las callejas oscuras donde bajarán a calmar sus apetitos. Si la tienen, ocultan su inquietud bajo una cascada de juramentos y voces encendidas. Sueñan con el amanecer en que llegarán a dar órdenes a otros infelices, satisfechos; sueñan con el redoble de los vítores a su paso, con galas preciosas e insignias de poder; sueñan un sueño turbio de vanidad y desamparo, tan servil acaso como su presente. Son esas pesadillas, que yo no tengo, las que espolean sus largos días de vigilancia. Algún día, por fin, el enemigo asomará por el horizonte y, bajo el sol, brillarán sus poderosas espadas, listas para el duelo. Algún día, sí, se abrirán las puertas con gran estrépito, sonarán las trompetas y el aire se inflamará con una ventolera de guerra. Será el momento, el final de este prolongado aguardar, que ahora nos parece que no hubiera de alcanzar jamás su cumplimiento. Pero no; en el aplomo de sus gestos, en el veloz echar mano a las empuñaduras de sus espadas, intuyo la ciega esperanza que los sostiene. Combatiremos, sí, porque esa es toda nuestra esperanza. Y no lucharemos por nuestro príncipe ni por los sacerdotes que leen este monótono futuro en las entrañas de bestias sagradas, ni por la chusma que se emborracha lejos de las templadas armas, que se avinagra en chalaneos de mercadillo. Nada de eso: lucharemos por la esperanza, por el acabamiento de esta espera, que se nos antojara inútil antes de empeñar el brazo en la batalla. Llegará ese tiempo, parecen decirnos los escudos apoyados contra el muro. Vigilan y aguardan, pues sólo entonces revelarán su destino. La piel se curte bajo el sol, los ojos se levantan tratando trabajosamente de creer en ese instante que los escudos prometen. Pero, ¿y si no llegara; y si todo esto no fuera más que un mal sueño, una pesadilla urdida sin estilo, con el único propósito de mantenernos ocupados en el engaño?

Todo sigue un curso inexplicable. La arenilla del reloj se desliza imperturbable, esperando también el momento supremo de la decisión, el griterío de la soldadesca al lanzarse sobre el enemigo. Desde este rincón, bajo un sol vengativo, contemplo la fortaleza. Si ella es el mundo, ¿para qué sus muros?

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