Luz, más luz

Los momentos que compartió con ella fueron sin lugar a dudas los mejores de su vida. Fue como si, después de andar dando tumbos perdido en medio de una bruma espesa y casi impenetrable, hubiera tropezado con un claro y pudiera ver en él la perfecta nitidez de los contornos de las cosas, que antes había tomado por fantasmas; como si la luz que emanaba de aquel cuerpo el día que la conoció comenzara a penetrar en todos los ámbitos, iluminando con vívidos colores su mundo opaco. Con ella descubrió la luz y cuando la perdió, supo que andaría ya para siempre a tientas como un ciego. Conoció el azul de la felicidad y el verde esperanzado de cada nuevo día, pero su destino se jugó al negro de aquella oscuridad con la que parecía reclamar otra clase de luz. Un tiempo después, cuando todavía trataba de recuperarse de la resaca de su pérdida, comenzaron aquellas espantosas migrañas, y la imagen de que alguien estaba viviendo la felicidad que se le debía, empezó a hostigarle sin remedio. Se forzó a cambiar de hábitos, ya que la realidad le era hostil e impenetrable de nuevo.

También sus escritos cambiaron. Como un poseso, se abandonó a sus demonios. Esperaba que, tras aquel mar de letras, germinara el único rostro importante, el que le devolvería lo perdido o tal vez la esperanza. Con este propósito llenó páginas y más páginas describiendo retratos, gestos y miradas que no podía olvidar. Y, en ocasiones, al trazar una sombra delicada, al perfilar la comisura amorosa de unos labios o al tratar de captar el sesgo de una mirada, creía discernir allí el lejano objeto de su deseo, su permanente brutal ausencia.

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