La caza

En mis planes no aparecía la búsqueda de ningún grial. Ni siquiera iba a ser un punto de partida hacia algo superior que aún no alcanzara a comprender. No había fantasmas de viejas ausencias ni antiguos rencores flotando como náufragos en el polvo de las habitaciones vacías de mí vida. No me debía a nadie, no tenía nada, salvo mi trabajo. Con aquel viaje tan sólo pretendía hacer una inmersión en mi práctica de yoga y sobretodo descansar, desconectar. Dejar atrás un año muy difícil en lo profesional y muy anodino emocionalmente.

Ignoro el modo como sucesivos azares me acabaron llevando hasta allí. Aún me reconforta la idea de no sentir sobre mis hombros el peso de grandes hitos y ciertamente, creo que es ahí donde está la respuesta a lo que acabó sucediendo. Tuve ocasión de hallarme frente a frente con un ser de una naturaleza singular. Mi instinto de cazador furtivo se agudizó en su presencia. Aquel terreno que mis pies hollaban por vez primera resultaba propicio para la caza. A pesar de mi torpeza comunicativa y de un disfraz de camuflaje confeccionado con la más pobre y ridícula de mis versiones tenía mis sentidos alerta, estudié las más insignificantes variaciones que se produjeron allí. Sin vanidad, confieso que no se me escapó ni un detalle. Y avezado como estoy en tales insignificancias, capté en aquel escenario las promesas de una feliz caza.

Fui quizá demasiado paciente. Tendí mis lazos, preparé mis trampas. Habría una buena caza, sin duda, y la jornada que despuntaba sería feliz. Me regodeé en este pensamiento, y me dispuse a esperar. Al cabo de cierto tiempo, mi paciencia se vio recompensada. Frente a mí se alzó la figura de un hermoso y joven ejemplar. Contemplé su silueta y me admiré como nunca, en mis largos años de furtivo, me había admirado. Sentí un escalofrío de emoción que bajaba por mi espalda y apenas pude contener un grito de alegría. Aquel animal no podré olvidarlo mientras viva; y esto lo digo humildemente, sin pizca de exageración. Y no sé por qué, aunque lo intuyo ahora, sospecho que nunca ese animal será admirado como en aquellos instantes lo fue por mi persona. Esta es la venganza del cazador que ha frustrado su caza, cuando había puesto en ella todas sus esperanzas. Porque en verdad, aquella bestia joven, inexperta, de trazo dulce y piel delicada, entrevista como en un sueño, admirada eternamente; aquella bestia supo como ninguna burlar los ingenios y las trampas, y aun contonearse ante los admirados ojos del vencido cazador, y salir de su vida indemne y tan asombrosamente como había en ella penetrado. Una pieza que, como todo gran sueño, se ha esfumado de su horizonte vital para siempre. Y sólo le queda un magro consuelo, apenas nada. Y el animal, que aún sobrevive a las torturas de aquel que, admirado, no pudo siquiera disparar un solo tiro de su escopeta; el animal, digo, sabe que ya ningún otro cazador le admirará hasta el extremo de aquél. Para otros, tan sólo será una pieza; tal vez otra más, con que adornar las paredes de sus salones.

En esta vida, tan fugaz como descortés con los detalles nimios, todos hemos sido alguna vez ese cazador y esa bestia. Desgraciado de aquel que hubiera resistido estas tentaciones, pretextando un destino singular. También tú, tomarás en alguna ocasión estas figuras; y necesariamente habrás de vivir el dolor de las ausencias; y, por fin, tu vida se tornará transparente, porque anhelarás la mirada profunda de la bestia, y querrás ser para ella su patria y su destino. Un enigma se alzará frente a otro enigma y, en su presencia, se diluirá. Esta es la forma como la vida recompensa a sus deudores, los humaniza y, con ternura, los hace suyos para siempre, reconciliándolos para toda la eternidad. ¿Acaso no son suficientemente anchas las puertas del infierno, que hemos de abrir un portón dentro de nosotros mismos?

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