Pero… ¿podemos explicar que nos conocimos en Tinder?

Cuántas personas deben haberse hecho esta pregunta. Yo tres veces y hoy, años después, esas tres mujeres a quién pregunté siguen muy presentes en mi vida. Los misterios de Tinder son inescrutables…

Estamos bombardeados de encuestas y estudios de opinión. Creo que no son una leyenda urbana aunque todavía no he participado en ninguna. Si ahora alguien me parase en la calle para pedirme que participe en una sobre redes sociales de ligoteo seguramente sería el culpable de una de esas anomalías con las que los estadísticos tienen que lidiar.

He triunfado en Tinder. Lo digo abiertamente sin hacerme pequeñito… ni demasiado grande. Ningún experto en métricas podrá rebatir mis argumentos. Tres de las personas que más impacto han causado en mi vida y en lo que ahora soy han salido de esa jaula de grillos.

Esta noche me he despedido de la primera en llegar, de Ari… no ha sido un final, ni siquiera un adiós, sólo un hasta luego. La vida le ha sonreído y ha encontrado el amor a 8720 km de casa. Ahora no la tendré tan a mano, pero estoy feliz por ella. Se merece este nuevo camino. Ari se merece todo lo bueno. Así, con todas las letras… Se lo ha ganado por muchísimos motivos pero sobretodo porque tiene un corazón que no le cabe en el pecho y aún en sus peores días siempre le queda prana para regalarte su mejor sonrisa.

Conectamos rápido pero no fue mi ‘match’ más fácil. Hoy, con muchos metros cúbicos menos de ego y más abierto a salirme de los límites de lo racional entiendo mejor aquella dificultad.

Mi perfil de Tinder era pura ingeniería psico-antropológica. Redactado con muy poco espacio para el azar, con la misma intención con la que diseño los algoritmos a mis clientes. Estaba dirigido a un público muy específico con unos intereses muy concretos. Con Ari saltaron los ‘y yo también’ en cuatro mensajes de chat y no recuerdo si nos vimos el mismo día o al siguiente.

La primera cita fue un desastre, ella estaba pequeñita y yo demasiado crecido. Cuando fui a buscarla aún luchaba contra sí misma sumergida en un mar de dudas. Entró en el coche con la sensación de estar cometiendo la mayor inconsciencia de su vida, rompiendo ese gran consejo universal de madre de no subirse al coche de un desconocido y para balancearlo con algo de sensatez fijó el punto de encuentro a cuatro calles de su casa.

Teníamos muchos puntos en común en nuestros ‘basics’ pero en aquel momento Ari no podía lidiar con aquel Óscar. Ni yo mismo podía. En mi algoritmo dos más dos seguían siendo cuatro y con todas las variables en juego el resultado siempre era positivo. Así que seguía insistiendo y aún a regañadientes me adaptaba a su tempo y necesidad de espacio.

Se fueron sucediendo mails, visitas al pequeño negocio que regentaba cuando nos conocimos, encuentros ‘controlables’… Un buen día, dejé de mirar a Ari como esa inexplicable historia ‘inconclusa’ y empecé a observarla como mi buena amiga, sin necesidades ni expectativas, sin más intención que la de compartir los buenos y malos momentos que nos han acompañado estos 3 últimos años.

Ahora se va a empezar un nuevo camino lejos de aquí, pero no me asusta perderla, en el siglo XXI, Salt Lake City ya no es Marte y subir los 22000 metros de la montaña más alta de nuestro planeta vecino, el monte Olimpo, no es un imposible.

Sé que estará bien porque es una mujer valiente que abraza los cambios con tanta pasión como sensatez. Nada importa la nube de dudas en las que ahora pueda estar sumergida. Sabrá como encararlas porque ella es diferente y allí donde otros ven dificultades Ari acaba encontrando oportunidades. Y entre las mil preguntas que siempre le rondan en su agitado cerebro acabará aflorando la respuesta necesaria que le ayude a avanzar.

Mi querida Ariadna, estoy orgulloso de ti, cómo has crecido! Qué afortunados somos! Recuerda la palabra que te mostrará el camino de vuelta a casa: Kapotasana.

Te quiero muchísimo.

1 Comment
  • Pía vargas
    Posted at 13:19h, 28 diciembre

    Me encanta tu post..! 😘😘❤️

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