Preámbulos

Los preámbulos siempre se olvidan, como si no quisieran hacerse responsables de las ataduras que luego nos procuran; codician la desmemoria y se imponen en el reino de las sombras, que es también el de las certidumbres. Se había acercado, tímidamente al principio, con un arrojo inusual en él, envuelto en su torpe versión de bufón de feria. Sabía que era ella, tan de repente como si un rayo le hubiera golpeado en plena frente. Conocía aquellos ademanes lánguidos desde los primeros recuerdos de la infancia; creía haberlos perdido para siempre, pero de nuevo estaban ahí, frente a él, amparados por las tinieblas, acaso para que ellas amortiguaran el brutal deslumbramiento. Hablaron de música, libros, literatura y de sus respectivos caminos yóguicos con pasión contenida. La escuchó arrobado, mientras trataba de captar a hurtadillas la magia de sus gestos. Al despedirse, tenía un número de habitación, su teléfono y la promesa de un quizás.

Ella parecía recién llegada de la infancia, con su imaginación voraz y desatada. Había atravesado la adolescencia sin enterarse apenas, y frisaba la frontera de la primera juventud con el ánimo salvaje de un potrillo que no hubiera conocido el bocado ni la espuela. Su cuerpo frágil ocultaba una voluntad terca, que había heredado de su madre. Pero toda su belleza se columbraba en el rostro. A él aquel rostro le parecía de una descarada provocación angelical. Alargado y sorprendentemente afilado en ocasiones, reflejaba aquella mezcla de ternura y dureza a la que nunca consiguió acostumbrarse del todo. Tenía la tez pálida y una manera peculiar de mantener los labios apretados, que sugería una educación calvinista y le daba cierto aire de desdeñosa superioridad. Sus ojos oscuros destacaban como dos pozos reposados y profundos. Era hermosa, deliciosa, como atemporal. Sandra la describió como una belleza de los años veinte. Aquella hermosura solía pasar desapercibida a casi todas las miradas, porque era frágil, disimulada, y crecía a hurtadillas como una planta enigmática y turbulenta. A ella había que ir adivinándola poco a poco, y en ello descansaba buena parte de su misterio. Todavía ahora, cuando contemplaba aquella fotografía que llevaba en la cartera, no podía por menos que sentir un escalofrío de inquietud y sorpresa, como si le clavasen una aguja de hielo entre las costillas. Aún intuía, nítido el recuerdo detrás de aquella imagen fotográfica, alguno de aquellos gestos de agazapada ternura; aún la recordaba así siempre, suave y distante. Pero había olvidado el timbre de su voz. No las palabras, sino su sonido. No conseguía recordar su voz; tan sólo había podido adueñarse de ciertos recuerdos dispersos, que se escabullían entre los dedos de la memoria como si estuvieran formados de arena.

1 Comment
  • SandraR
    Posted at 19:12h, 03 febrero

    Preciós Oscar

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