Treinta y dos días de sueño…

Soy de los que se duermen en un palo. No necesito rituales, tampoco alejarme de la cafeína o teína, nada… cuando caigo, caigo. Sin embargo en estos 32 días puedo contar con los dedos de una mano las noches que he dormido plácidamente y aún sobraría algún dedo.

Nada ni nadie especial dándome vueltas por la cabeza, de hecho, no me reconozco tan calmado ni relajado. Pero no consigo dormir bien y cuando lo hago, no duermo profundamente.

Hoy me ha tranquilizado saber que en mi órbita balinesa no soy el único desvelado. Hace unos días llegó una amiga casi con nombre de tango que está como yo. Los dos tenemos muchos motivos para caer fulminados con el abrazo de Morfeo.

Los días empiezan muy muy temprano y con mucha actividad, de esa que dispara a matar. Dos y tres profundas inmersiones al día. En cada uno de esos deep dives una calmada revolución, una montaña rusa. Desde que me siento en padmasana hasta que salgo de savasana. Sin apenas tiempo de digerir ese buen montón de emociones encontradas y ya estoy sumergiéndome de nuevo en la siguiente.

Hoy algo en mí ha dicho stop. Sin venir a cuento me he derrumbado en los primeros 30 segundos de savasana. Desde hace mucho tiempo en savasana ya no pasaba nada… Así que me he tomado el resto del día para dar una tregua a mi espalda baja y no hacer absolutamente nada. Tengo mi lowback hecha trizas. Entre mi lovely Goddess y Charlotte, mi nueva pranabooster en Bali, han llevado mis hips a la frontera entre cielo e infierno, un sitio en ninguna parte donde pasan todo tipo de sensaciones y donde no siempre se quiere estar.

Y creo que ahí está ese estimulante que no me deja dormir. Dejadme en paz por favor… estoy de vacaciones.

Pero no estoy solo, mi amiga con casi nombre de tango está igual, con esa sensación de ‘pero porqué’ o ‘para qué’… saltando de la excitación a las lágrimas, sintiéndonos como el cielo de Ubud, gris y soleado, miserables y a la vez llenos de esperanza.

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